Caminaba un monje junto a una caravana que custodiaba un lote de esclavos. Entonces el monje se acercó a uno de los esclavos, con la intención de predicarle y le preguntó:
“¿Tu comprendes que es Dios?”
El monje, espera que la respuesta del esclavo fuera no, para iniciar una hermosa predica que se sabía de memoria, pero el esclavo respondió con vos cálida:
“Cuando era niño pensaba que ser Dios era una don que podía
otorgarse aleatoriamente a cualquier persona, es decir, que todas las personas tenían
la probabilidad de ocupar el “cargo” de Dios en cualquier momento de la historia.”
La primera palabra que llegó al corazón del monje fue
blasfemia, pero sintió compasión y decidió continuar escuchándole:
“Con angustia, lamentaba el hecho de no haberme
correspondido la oportunidad de ser Dios. Realmente lo deseaba, no para
garantizarme un alto nivel de felicidad, sino para ayudar a
los demás. Siendo honesto, no estaba de acuerdo con la forma en que
Dios maneja este mundo. Veía mucho sufrimiento entre las personas. Me preguntaba por qué Dios, siendo un ente supremo y omnipotente, no procuraba erradicar el dolor
del mundo. No comprendía su indiferencia. Entonces, decidí esperar ansiosamente
mi ilusoria oportunidad de ejercer la divinidad y repartir justicia en el mundo”.
El monje se tranquilizó cuando entendió que ya el esclavo no
tenía esas vagas ideas y cuando quiso lanzar un sermón sobre el libre albedrío el
esclavo continuó:
“Era apenas un niño cuando tenía esos pensamientos, pero era una
creencia pura, nadie me la había enseñado, era una creencia casi mística. Cuando
crecí, me percaté que mi percepción de Dios era una construcción de mi propia
imaginación y reflejo de mi propia realidad y deseos. Había creado a Dios a mi
propia semejanza.”
El monje no encontró respuesta para semejante argumento y no
logró articular palabra alguna. Quería escuchar más y se quedó atento a las
palabras del esclavo:
“Actualmente, estoy convencido: la inteligencia humana
aún no es capaz de comprender la verdadera naturaleza de Dios. Muchos lo han intentado,
pero todos han fallado. Un escultor no puede esculpir una imagen de Dios, porque
Dios no se manifiesta en el plano físico que nosotros logramos percibir con
nuestros sentidos. Un sacerdote tampoco puede hacerlo, porque concibe a Dios de
acuerdo con su propia conveniencia. El filósofo también falla porque no hay mente
humana capaz de alcanzar un nivel tan alto de razonamiento. Finalmente, la fe tampoco nos
permite comprender a Dios, solo nos permite aceptar las ideas de otros a través
de la repetición de dogmas.
En ese momento el monje estaba consternado, pero la curiosidad
lo impulsaba escuchar:
“Mi respuesta a tu pregunta es no, no comprendo que es Dios. ¿Tu sí lo comprendes, mi señor?”
El monje titubeó y respondió con honestidad:
“Ahora yo tampoco”.
El esclavo continuó:
“¿Cómo puedes entonces adjudicarte el derecho de iluminar a
los demás cuando caminas en la oscuridad?”
El monje se incomodó con tal pregunta y contestó como un
niño:
“Tú también caminas en la oscuridad de la ignorancia, tu mismo lo has dicho”.
Entonces el esclavo finalizó:
“Por ese motivo no predico mis creencias, pero, antes de
comprender que es Dios, me he dedicado a sentirlo, desde la más profunda oscuridad de mi
ignorancia”.
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